Historia. Antes trabajaba para “Los Zetas”, ahora enseña inglés y cómputo

Óscar E. López pasó 8 años preso en suelo estadounidense por distribuir coca
Óscar Eduardo López, trabajó para Los Zetas pero hoy es profesor de cómputo (LUIS CORTÉS. EL UNIVERSAL)
13/08/2017
03:50
José Meléndez, corresponsal
Ciudad de Guatemala.
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“Yo trabajé para el cártel de Los Zetas como distribuidor de cocaína en Estados Unidos. Por eso estuve preso ocho años en una cárcel estadounidense. En ese tiempo estudié y me hice ingeniero electrónico. Fui deportado a Guatemala. Ahora soy profesor de inglés y cómputo de deportados guatemaltecos. Estoy tranquilo porque aunque sé que Los Zetas son peligrosos, eso quedó atrás. No rompí con ellos. Ellos rompieron conmigo, pero antes de hacerlo me cumplieron, porque ayudaron a mi familia”.

Así, directo, sin temores ni rencores, sin sonrojarse pero seguro de que al purgar prisión pagó su deuda social, el guatemalteco Óscar Eduardo López Escobar, de 46 años, repasa momentos estelares de su vida. A los 12 fue dado en adopción por su madre —Sandra Salvatierra Escobar, fallecida en 2004 en California— a una familia de Puerto Rico con la que rompió a los 16.

A los 23 migró de San Juan, capital puertorriqueña, a Boston, Massachusetts, donde laboró en hotelería y gastronomía. En 1998, con 27 y siendo camionero, fue reclutado por Los Zetas en el estado de Carolina del Norte.

“Transportaba cocaína de la frontera de México y EU a varios estados y la distribuía. En 2002 fui detenido en Carolina del Norte con 25 kilos de cocaína y condenado a 25 años de prisión. Un año por kilo. Le cumplí a Los Zetas con mi silencio y nunca delaté a nadie. El pacto es: ‘silencio o silenciamos a tu familia’. Los Zetas me cumplieron, dieron 60 mil dólares a mi familia y me pagaron abogado y otros gastos. Les tengo respeto”, narra.

López dialoga con EL UNIVERSAL en un receso de su trabajo en Conexión Laboral, empresa no estatal de Guatemala que ayuda a deportados a su reinserción social.

“Al caer preso, Los Zetas mandaron dinero para pagar mi casa y para mis hijos —Brandon, de 22, Amy, de 19, y Óscar, de 18, y mi esposa, Melinda, de 40— y me pagaron abogado y gastos en la cárcel. Ellos me cumplieron”, cuenta. El nexo con su familia de EU es esporádico y por redes sociales en internet.

Estando encarcelado, y por buen comportamiento, comenzó a estudiar en una universidad de Carolina de Norte y se le autorizó salir de la prisión para ir a estudiar, con un grillete asido a su cuerpo. En 2008 se graduó y recibió dos noticias, una buena y una mala.

La buena: empezó a trabajar en la prisión con un salario de un dólar al día. La mala: las autoridades migratorias de Estados Unidos le comunicaron que, por involucrarse en narcotráfico, perdió el permiso de residencia permanente que obtuvo al ser adoptado.

A inicios de 2010, con una reducción de condena por su comportamiento, fue sometido al proceso de deportación, que se concretó en octubre de 2010. Al arribar al aeropuerto internacional La Aurora, de esta capital, “recordé mi niñez. De aquí me fui en 1981. Al llegar no conocía a nadie. Me encontré una Guatemala sucia, demacrada y un ambiente triste, rudo, sin piedad”, describe.

López regresó con 70 dólares en su bolsillo. “Me compré un teléfono celular. En un restaurante me compré un pepián (guiso) de pollo. Sólo tenía un contacto de una familia y la llamé. Con esa familia viví un tiempo y luego, por saber inglés, conseguí trabajo”, cuenta.

Tampoco olvida que él es producto de una violación a su madre por parte de un mexicano, oriundo de Irapuato, llamado Javier. Ella falleció estando él en prisión. “Su familia no me aceptó. Al verse en esa situación, mi mamá me dio en adopción. Nunca se me olvida el día, 22 de junio de 1981, en que me entregaron en el aeropuerto. Como niño estaba feliz por viajar, pero triste a la vez. Desde ese día nunca más volví a ver a mi madrecita”, lamenta este hombre que lleva apellidos de sus padres adoptivos.

Ya en Guatemala, y por redes sociales, reencontró a hermanas por parte de madre y a otros parientes. Pero el dolor por la muerte de su mamá todavía lo golpea.

“A mi madre nunca más la vi. Sólo por un video en el que me pidió que la perdonara para irse tranquila de este mundo y que nunca supo como criarme. Falleció de 65 años. De ella me acuerdo de todo: de lo que le ponía al caldito de frijoles, de los regaños, de la música, de mis tíos. Recuerdo fechas y direcciones”, relata.

 

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