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Las trampas del discurso: De Chumel a la industria del cine nacional

La ignorancia y la dependencia han sido la ruina de esta nación y deberían ser los enemigos, no las salidas fáciles, de opinadores y artistas.
30/08/2017
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En medio de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) aparece el cine como un fantasma en una cena diplomática. Planteado en el documento original del Tratado como un bien de comercio y no como una actividad cultural, el cine mexicano se vio esclavizado a estatutos legales que benefician a las producciones estadounidenses y limitan las posibilidades de distribución del cine nacional. En los últimos años el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine) ha celebrado números récord de producción en México pero nadie ha visto muchas de las películas realizadas. Recientemente fue notorio el caso de La cuarta compañía (2016), que ganó 10 premios Ariel pero no ha tenido exhibición comercial. Esta situación sería inaceptable en Estados Unidos, donde las películas deben ser estrenadas para poder considerarlas como contendientes en los premios Oscar. En México, donde la distribución del cine nacional es, en términos amables, un absoluto desastre, no hay de otra: o se premia lo inédito, o no se premia y sigue inédito. De todos modos Juan te llamas.

Antes de los 90 la situación era un poco mejor. Entonces el cine nacional llegaba a más del 50% de la población gracias a la Compañía Operadora de Teatros (Cotsa), la exhibidora del Estado. A principios de los 90, como parte de la corriente privatizadora del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, se tomaron medidas para favorecer al libre mercado como la desintegración de Cotsa y la reforma a la Ley Cinematográfica, que permitió que las exhibidoras fijaran libremente los precios del boleto. La descentralización del cine, sin embargo, no fue completa porque éste todavía dependía en ciertos aspectos —la censura, más que nada— de las secretarías de Gobernación y Educación Pública. Peor aún, la Ley fue reduciendo gradualmente el mínimo de películas mexicanas que debían aparecer en cartelera a consecuencia del TLCAN. En resumen, después de Salinas el cine debía complacer al público consumista y entregado a Hollywood; a las secretarías, por aquello de la parte ideológica, y, sólo si había oportunidad, a sí mismo. Fue un poco como exigirle a un gato a ladrar sin enseñarle cómo hacerlo, aunque las clases nada hubieran logrado, de todos modos.

Con el tiempo, una parte del cine mexicano —el comercial— aprendió a encontrar su público y nos dio como resultado una de las industrias de menor calidad con que me haya topado. Si revisamos los anuarios estadísticos del Imcine encontraremos que no son las películas de Amat Escalante o Carlos Reygadas las que más ven los mexicanos. Las cintas exitosas son las de importación estadounidense y, si nos limitamos al cine nacional, notaremos que aquí se prefieren las protagonizadas por Karla Souza, Martha Higareda y Aislinn Derbez. A veces se ven más las que estelarizan un grupo de huevos que poco tienen de eufemísticos o siquiera finos, si se les entiende como los pobrísimos albures que son. Peor aún, se trata de películas que no solamente representan sino que celebran la sociedad que tenemos: misógina, homofóbica, clasista y, en una palabra, dividida. 

De la reciente Hazlo como hombre (2017) hacia atrás nos encontraremos con un cine popular  conservador que, en los años 40, con Juan Bustillo Oro y su México de mis recuerdos (1944), añoraba la dictadura de don Porfirio. Ismael Rodríguez, por otro lado, celebraba la vida de pueblo y los consejos de padrecitos aterrados de la naturaleza humana. Su mayor aforismo viene de la leyenda de Pepe el Toro, cuyo parachoques advierte: “Se sufre pero se aprende”. La pobreza no es una injusticia: es una enseñanza. Julio Bracho, antes de rebelarse con La sombra del caudillo (1960), nos mostró al hombre de ciencia en Historia de un gran amor (1942) como un psicópata moralmente inferior al sacerdote del pueblo y a quienes viven bajo su santísima influencia. Las preocupaciones morales del cine de oro mexicano son comprensibles e incluso equiparables a las del cine hollywoodense, en aquel entonces bajo la influencia del cristianismo evangélico, pero hoy la audiencia estadounidense corre a ver una película, ¡Huye! (Get Out, 2017), donde se celebra la emancipación de la negritud en un mundo de opresión blanca.

En México los espectadores favorecen hoy películas que satisfacen los viejos prejuicios. La mencionada Hazlo como hombre es un ejemplo que se respalda con otros títulos como ¿Qué culpa tiene el niño? (2016), Macho (2016), Qué pena tu vida (2016), Tres idiotas (2017). Historias de fresas, de nacos, de jotos, no de seres humanos que resultan vivir en un contexto social u otro o que se identifican libremente como su apetito sexual les sugiera. Son caricaturas que, en busca de reeducar al público mexicano sobre los estereotipos que lo separan, los refuerzan. Ni siquiera podemos rescatarlas desde la perspectiva estética porque su lenguaje cinematográfico es equivalente al de la telenovela. Esto no es culpa del TLCAN o de la Ley Cinematográfica sino de la nación, en general, y de la comunidad cinematográfica que realiza estos proyectos, en particular. 

Probablemente sea inoportuno dar estas opiniones sobre el cine comercial mexicano en este momento pero el contexto y mi rabia me obligan a hacerlo. Por un lado Chumel Torres exige en HBO que los cineastas hagan un cine más tolerable, sin historias de sufrimiento real. Por el otro la comunidad cinematográfica exige ser incluida en la renegociación del TLCAN sin exigirse a sí misma un boicot al cine que mantiene el statu quo. Nadie exige calidad en los contenidos. Nadie se exige a sí mismo. Torres está reforzando el prejuicio de que el arte es “feo”, en vez hacer un llamado a ver, de vez en cuando, una de esas películas de festival que tanto incomodan. La comunidad cinematográfica demanda más espacio pero ni bloquea el entretenimiento de mala calidad ni propone uno que trascienda la estética televisiva, al contrario, lo premia, como en el caso de La cuarta compañía. No podemos pedirles a los artistas que sean más incluyentes porque tampoco podemos exigirles a los espectadores gastar su dinero en lo que queramos los críticos y los elitistas culturales. Sin embargo creo que es justo demandar de los medios de comunicación la seriedad para promover la cultura como lo que es, no como lo que Hollywood nos ha dicho que es, y también me parece justo pedir a la industria que entretenga, que genere dinero, sí, pero no mientras lucra con los peores males de la sociedad que tenemos. 

El cine es una variedad de experiencias que van desde el reconocimiento y el entretenimiento hasta la condena y el desafío. Encasillarlo como arte o como diversión es un despropósito porque muchas de sus mayores expresiones incluyen ambas experiencias de forma simultánea. Lo que necesita México no es que los artistas se bajen de su pedestal. Pueden hacerlo, si quieren, sobre todo considerando que cambiar al público mexicano o imponerle cuotas es, primero, autoritario, y segundo —y más importante— improbable. Se requiere de una acción del Estado para mejorar a nuestro público, pero eso probablemente no pasará, así que es urgente una generación de cineastas capaces de elevar el discurso tanto cinematográfico como temático de nuestro entretenimiento. Vivimos en un país donde el Estado no es responsable y las soluciones sólo pueden venir de individuos dentro de la sociedad. El caso Kumamoto es ejemplar, tanto como la traición del Estado durante el salinato.

Podemos y debemos exigirle al gobierno mexicano que se parezca al francés y que proteja la industria del cine nacional como ellos lo hacen. Pero en el mundo real, donde el narcotráfico le ha arrebatado el poder al gobierno en ciertas zonas y han hecho que las tumbas masivas nos acerquen más a Serbia en los 90 que a otras naciones europeas en los 2010, quizá debamos reflexionar si el cine es más importante que la muerte, la corrupción y el hambre. Quizá debamos mirar al cine independiente estadounidense y preguntarnos cómo imitar el éxito de ¡Huye! (Get Out, 2017), que convirtió 4.5 millones de dólares en 252 millones, mientras criticaba a una sociedad racista con un presidente racista, en vez de tener éxitos comparables con películas que refuerzan el desprecio a lo diferente. 

Si los medios y la industria no se replantean estos puntos seguirán obsesionados, unos, con una cultura capitalista que le llama arte a todo lo que reciba premios en Hollywood, y otros, con depender de un gobierno que ha fracasado una y otra vez en darle un mínimo nivel de relevancia a la cultura; ya no hablemos de la seguridad o la desigualdad. La ignorancia y la dependencia han sido la ruina de esta nación y deberían ser los enemigos, no las salidas fáciles, de opinadores y artistas. 

Twitter:@diazdelavega1

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