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Fahrenheit 2018

Una rápida revisión al Fahrenheit de François Truffaut junto con la nueva versión dirigida por Ramin Bahrani para HBO
25/05/2018
09:40
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Para su primera cinta a color, y la única que filmó en idioma inglés, François Truffaut se decidió por un género que consideraba poco interesante: la ciencia ficción. Fue hasta que un amigo le sugirió leer la novela ‘Fahrenheit 451’ escrita por Ray Bradbury, que el director francés quedó enganchado con el texto al grado de querer llevarlo al cine.

 

Se trató de un proyecto con muy poco presupuesto para el nivel que la historia requería: un relato situado en un futuro distópico donde una sociedad absolutamente controlada por el gobierno ha prohibido los libros, bajo la lógica de que la lectura genera inequidad, haciendo creer a los lectores como seres superiores por encima de aquellos que no leen, y generando frustración por aquellos textos que no se entienden o al no poder vivir aquellas vidas de gente inexistente que son más interesantes que las propias. La máxima de este estado totalitario es la felicidad y según ellos la igualdad entre individuos es el único campo en el que ésta puede germinar.

 

La película, como la novela, gira alrededor de Guy Montag (Oscar Werner) un bombero perteneciente al escuadrón 451 encargado de quemar los libros que ilegalmente posea la sociedad civil. Mediante pesquisas, estos bomberos entran a las casas, buscan en los rincones, apilan los libros que encuentran y les prenden fuego mediante un lanzallamas.

 

En una pesquisa que parecía común, los bomberos no solo descubren una enorme biblioteca que hay que convertir en cenizas, sino que además la dueña de ese cargamento ilegal de cultura se autoinmola junto con sus libros, ardiendo a más de 451 grados, la temperatura a la que, según Ray Bradbury, el papel comienza a arder.

 

Los hechos de auténtico terror (ver a una mujer quemarse con sus propios libros) le plantean dudas a Montag, ¿pues qué tanto dicen los libros que la gente está dispuesta incluso a arder junto con ellos?

 

El reto de Truffaut con esta cinta era mostrar el mundo futurista que la historia requería pero con los recursos técnicos de la década de los años 60 y un presupuesto que no necesariamente era abundante. Al fin cineasta y autor, Truffaut suple con cine lo que el dinero no puede darle.

 

Así, con una cámara siempre dinámica ( a cargo de Nicolas Roeg), una paleta de colores vivos, y apenas un par de props que indicaban vida futurista (monitores planos y un teléfono alámbrico en cada habitación de la casa de Montag) Truffaut levanta no sin grandes problemas esta cinta que no convence a los críticos, particularmente por la actuación cuasi robótica de un Oscar Werner que jamás siguió las indicaciones del director y la poca sensación de opresión de un estado supuestamente totalitario pero al que se le ve poco en pantalla.

 

A casi 50 años de aquella cinta, el director norteamericano Ramin Bahrani trae de regreso el clásico de Ray Bradbury, esta vez en forma de cine para la televisión y con el presupuesto y distribución exclusiva de HBO.

 

Esta nueva adaptación (con guión del propio director) resulta en una refrescante puesta al día del texto original. Montag (Michael B. Jordan) sigue siendo un bombero del escuadrón 451, ahora bajo la férrea tutela del capitán Beatty (Michael Shannon) quien entrena a su pupilo para convertirlo eventualmente en capitán.

 

La sociedad distópica de esta versión es una donde no sólo los libros están prohibidos, sino cualquier viso de cultura, como lo es la música, el arte y la pintura. El medio enajenante es (claro) el internet, pero no se trata de la red que todos conocemos, este es un internet controlado por el estado y que contiene apenas 3 títulos aprobados para la lectura (la Biblia uno de ellos) al alcance de todos.

 

En cada casa y en cada habitación hay una terminal de Yuxie, la computadora omnipresente del nuevo internet que todo lo ve y todo lo escucha (como el Alexa o el Siri de hoy en día), y mediante la cual obtenemos cosas, desde productos hasta diagnósticos de salud y compañía. Se trata de un futuro donde cada superficie plana es una pantalla y las interacciones humanas suceden en su mayoría mediante los chats que transmiten video y que permiten calificar de inmediato (cual Periscope) la aprobación o rechazo de lo que se está viendo.

 

De hecho, los libros físicos ya son una rareza en este mundo. Lo que más quema el escuadrón son servidores, PC’s armadas que de manera clandestina transfieren los archivos de libros clásicos, bibliotecas enteras dentro de discos duros que terminan calcinados. Los medios de difusión han cambiado, pero ninguno de ellos escapa al fuego. ¿O tal vez si?

 

Si el ejercicio “modernizador” a este relato -escrito originalmente en 1953- se limitara únicamente a poner computadoras, drones e internet a cuadro, resultaría en una película decepcionante. Más allá de las sólidas actuaciones de Michael B. Jordan y Michael Shannon, así como el cuidado diseño de producción, la cinta incluye cierto tamiz de acción, como para aumentar el demográfico y apelas a las grandes audiencias.

 

Afortunadamente, el contrabando de esta cinta es otro. Bahrani entiende lo actual del texto y lo expresa en un monólogo que eleva por completo la película: cuando el capitán Beatty le narra a Montag cómo es que empezó todo, lo que describe es a la actual sociedad pusilánime, ultra sensible, que se ofende de todo, además de describir a los modernos torquemadas que pretenden pasar toda obra de arte por el tamiz moral ante la supuesta oscuridad de sus autores.

 

“Kafka era un pornógrafo y pervertido sexual, por eso quemamos sus libros. En Huckleberry Finn, su amigo negrito ofendió a la gente, por eso lo quemamos. ‘Native Son’, ahora los ofendidos fueron los blancos, y lo quemamos también. Henry Miller, Hemingway, las feministas no los aprobaron, así que se van a la hoguera”.

 

¿Y que no es sino una reversión del Fahrenheit de Bradbury los llamados actuales a prohibir ciertos libros que le parecen incómodos al feminismo, los llamados a “no habitar” los personajes de las películas de Woody Allen por su supuesto escándalo sexual (nunca probado en corte), o aquellos que quieren retirar varias obras de arte de los museos por supuestamente ser denigrantes a la mujer. Y ni qué decir del ejercicio brutal, penoso, de sustituir a Kevin Spacey por Christopher Plummer ante la acusación de acoso sexual.

 

Se podrá debatir si los motivos para sustituir, prohibir, retirar son o no correctos, pero en todos esos casos a lo que se invoca es a la hoguera, a los bomberos, a que el escuadrón del Fahrenheit 451 arregle las diferencias y nos vuelva a todos iguales mediante el fuego.

-O-

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Crítico de cine con 9 años de experiencia profesional. Ha colaborado en revistas y periódicos como 24 Horas, Newsweek, Chilango, Quién, Esquire, Cambio, entre otros.
 

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